domingo, 9 de marzo de 2014

El Balcón



Desperté en medio de la noche y no estabas a mi lado. Miré el reloj y pasaban diez minutos de las tres de la madrugada. Tu lado de la cama se encontraba vacío, aunque aún guardaba el calor de tu cuerpo. En la habitación solo se escuchaba el rumor del ventilador que, incansable, giraba y giraba sus aspas. Me quedé unos minutos escuchando por si algún sonido me daba pistas de dónde podrías encontrarte. El silencio fue la respuesta a mis pesquisas. Preocupado decidí levantarme a buscarte.

El aire era más cálido en esa noche de verano fuera de la habitación refrescada por el ventilador. No estabas ni en el baño ni en la cocina. Subió mi preocupación. Ésta se disipó al llegar al salón. El balcón, situado al final de éste, me devolvía la silueta de tu dulce figura.

Me quedé mirándote sin hacer notar mi presencia. Tu cuerpo estaba cubierto por una de mis camisas que habrías cogido. Debajo de ella no había prenda alguna. Tu gusto por dormir desnuda, ya fuera verano o invierno, era una delicia para mí. Tu bello rostro, alumbrado por las farolas, se veía dulce, como de costumbre. Tus ojos verdes brillaban con luz propia en la noche que, a pesar de que no me miraban, los intuía. Tus gruesos labios se veían sumamente deseables. Tu melena oscura se confundía entre las sombras.

Siempre me pareciste muy sexy vestida con mis camisas. Con dos botones superiores desabrochados se adivinaba el comienzo de tus pechos. Te cubría hasta poco más abajo de tus nalgas, que se veían incipientes al estar reclinada sobre la barandilla del balcón. Bajo ellas se descubrían tus preciosas y torneadas piernas a pesar de la penumbra.

Salí al balcón e hice notar mi presencia. Te asustaste en primera instancia pero enseguida vi una sonrisa de respiro dibujándose en tu rostro. Una leve brisa corría haciendo que el ambiente fuera más fresco que en el interior del apartamento.

- ¿Qué haces levantada? – Inquirí.
- No podía dormir. Hace demasiado calor ahí dentro – Fue tu respuesta.
- Me asustaste al despertarme y no encontrarte – Te decía mientras mis brazos te rodeaban apoyando tu espalda contra mi pecho.
- No era mi intención, cielo. Solo buscaba el frescor de la noche. – Y tu cabeza se volvió para buscar mis labios.

Fue uno de esos besos lentos que se disfrutan desde el primer roce de los labios. Nuestros labios se fusionaron y mi lengua se coló entre tus dientes para explorar tu boca, que no por conocida dejaba de ser excitante. Nuestras lenguas bailaron escurriéndose despacio la una sobre la otra.

Mis manos estaban acomodadas en tu vientre. Desde allí tomaron caminos divergentes. Una subió hasta tu pecho. Primero los acarició por encima de la tela para posteriormente adentrarse dentro de ella, después de desabrochar un nuevo botón. Tus pezones ya estaban duros. Su tacto exquisito siempre fue mi deleite. Mis dedos se afanaban en uno de ellos disfrutando de su textura. Tú también disfrutabas de esas caricias.

Mi otra mano había bajado por tu cintura para dirigirse a tus glúteos. Levantado solo un poco el final de mi camisa pude acariciarlos sin problema. Primero con las yemas de mis dedos, recorriendo despacio tu sensible piel, que notaba se erizaba por momentos. Después llené mis manos de tu carne, agarrando lo que podía y dejando que resbalará entre mis dedos. Más tarde empecé a jugar con mis dedos por la línea que separa tus glúteos. Así lo hice hasta alcanzar tu ano, el cual acaricié lentamente, haciendo círculos sobre él.

Mi boca había abandonado la tuya, que se mostraba abierta y emitiendo leves gemidos. Habías echado para atrás la camisa y ahora tus hombros se mostraban desnudos al igual que tus pechos, que habían abandonado ya el cobijo de la tela. Mi mano se hacía cargo de ellos, llenándolos de suaves caricias que, a veces, se acompañaban de leves pellizcos en tus pezones.

Mi boca recorría tu cuello arrastrando mi lengua por él. Lamí el lóbulo de tu oreja y tu respiración se agitó aún más. Llevé la mano que disfrutaba de tus nalgas a tu boca. De inmediato tus labios se cerraron dejando mis dedos a merced de tu boca. Cálidos y empapados salieron de ella y de esa guisa los devolví a tu ano. Lo acaricié mojándolo con la humedad de tu boca. Se fue dilatando para que, poco a poco, uno de mis dedos se fuese abriendo camino por él para ganar tu interior.

- Me vuelves loca, ¿lo sabías? – Su voz era un susurro con tono de placer y lujuria.
- Me encanta hacerlo – Dije dejando escapar de mi boca el pezón que había empezado a degustar.

El sabor de tu pezón es difícilmente describible. Sabe a vino dulce mezclado con un sabroso jamón ibérico. O así imaginé siempre que era, ya que esos eran los manjares que más me gustaba saborear en mi boca; tus pezones habían hecho que pasasen a un segundo lugar.

Era tan suave que parecía derretirse en mi boca. Mi lengua lo recorría sin parar. Te volviste. Mi dedo abandonó tu ano. Te acomodaste apoyando la espalda sobre la barandilla del balcón y levantando una pierna para llevarla a un asiento cercano, dejándola flexionada mientras la otra se apoyaba en el suelo, mostrándome así tu sexo húmedo y cálido cuando la camisa dejó cayó al suelo.

Mi boca volvió a tu pecho para dar cariños al pezón que estaba huérfano de mi saliva. Mi mano buscó aquel sexo que me mostrabas ansioso de atenciones. Mis caricias fueron recibidas con un escalofrío que recorrió tu cuerpo. Los labios, esos que conforman tu sonrisa vertical, estaban húmedos y cálidos. Mis dedos se deslizaban entre ellos. En tu vagina se acomodaron fácilmente. Primero entró mi dedo corazón. Después fue el índice. Se movían dentro de ti mientras mi pulgar encontró tu clítoris para frotarse contra él.

Tu cara era el reflejo del placer que sentías. Estabas abandonada a él. En medio de tanto gozo tu mano buscó mi entrepierna. Encontraste mi sexo erecto debajo del bóxer, que conformaba mi único vestuario en aquella noche calurosa. Lo liberaste de aquella prisión y empezaste a masajearlo. Mis ojos miraron los tuyos. Vi el placer en ellos.

- Nos pueden ver - Acertaste a decir entre jadeos.
- ¿Prefieres que entremos? – Fueron mis palabras al responderte.
- No, me excita estar aquí, así contigo – Contestaste con pícara sonrisa
- Pues prosigamos. Por cierto, te quiero – Dije en un susurro en tu oído.
- Y yo a ti, mi vida – Quise entender entre tus gemidos.

Abandoné tus caricias para arrodillarme ante ti. Antes hice que el bóxer acompañara a la camisa. Los dos desnudos en aquel balcón disfrutábamos de nuestros cuerpos. Yo besé tu vientre, tan deseable y bonito como el primer día que te vi. Seguí besándote bajando por tu pubis desprovisto de vello.

Tú sexo palpitaba cuando mi lengua lo empezó a recorrer. Olía a pasión y deseo. Su sabor indicaba lo mismo. La punta de mi lengua lo lamía despacio. Sentía tu respiración expectante ante lo que pudiera hacer. Me deslizaba lentamente entre aquellos labios tan deseables hasta alcanzar tu clítoris.

Una vez en él empecé a chuparte desesperadamente. Mi lengua se movía con frenesí y de tu boca escapaban constantes gemidos. Mis dedos volvieron a ocupar tu vagina y se movían al compás de mi lengua. No tardó tu cuerpo en sentir las contracciones que le provocaban el placer. Recibí tu néctar de placer en mi boca y fui bebiéndolo despacio mientras tu respiración volvía a tranquilizarse.

Te sentaste en aquella silla donde antes apoyabas tu pierna. Pensé que era porque tus piernas no te sostenían pero enseguida comprobé que tus intenciones eran otras a las de descansar. Agarraste mi pene enhiesto y tu lengua lo empezó a lamer. Lo recorrías desde la base hasta su punta, quedándote en ella jugueteando. Poco después todo mi glande desapareció dentro de tu boca. Su calidez me llenó de placer. Fuiste engullendo más hasta que todo mi pene estuvo dentro de ti.

Tus manos manoseaban mis testículos ávidos de tus caricias. Me llevabas al mejor de los paraísos. Mis manos mesaban tus cabellos enredándose mis dedos en ellos. Después de que mi miembro entrará y saliera de tu boca repetidas veces decidiste chupar mis testículos. Tu mano me masturbaba mientras los chupabas como si fuesen enormes caramelos.

- Te quiero sentir dentro – No sé si era una orden o un deseo
- Yo también quiero estar dentro de ti – Efectivamente era así
- Ámame – Ahora sí era una orden.
- Siempre lo hago, princesa – Y mis labios se unieron a los tuyos.

Te levantaste para cederme el asiento. Me senté y tú hiciste lo propio sobre mí, ofreciéndome tu espalda. Agarraste mi pene para acomodarlo dentro de ti. Primero sentí como lo frotabas entre los labios, como lo apoyabas contra tu clítoris para, al fin, hundirlo en tu vagina por completo al quedarte sentada en mí.

Besaba tu espalda y mi lengua lamió tu columna. Mis manos se apoderaron de tus generosos pechos. Sentí tus oscuros y grandes pezones otra vez excitados en mis manos. Te movías despacio, haciendo círculos con tu cuerpo sobre el mío. Una de mis manos descendió por tu vientre hasta tu entrepierna. Acaricie los labios que abarcaban mi miembro y mis dedos se humedecieron. Luego los llevé a tu clítoris para dejarlos allí, frotándote para hacer crecer tu gozo.

Aumentaste el ritmo de tus movimientos y nos invadieron oleadas de placer que nos hacían gritar. No sé si alguien se asomó a mirarnos, pero seguro que muchos nos escucharon. No podíamos contenernos. Nos dejamos llevar por el deseo. Cabalgabas en mí y en cada embestida mi pene salía casi por completo de ti. Mi mano intentaba no separarse de tu clítoris para proporcionarte mayor placer.

Sentí como tu vagina se inundaba a la par que tu vientre se contraía y tu voz se desgarraba en gritos de placer. Al sentir ese calor y esa humedad en tu interior no pude más. Me derramé dentro de ti. Tu placer se unió al mío. Tu cuerpo se fundió con el mío. Mi alma tocó la tuya. Te recostaste sobre mí y tu cabeza giró para buscar mis labios. Mis manos recorrían tu vientre y tus muslos sin salir aún de ti.

La luz del sol me despertó. Aún estaba desnudo en el balcón. Tú estabas encima, mía, también desnuda, acurrucada y abrazada a mi cuerpo, con tu cabeza sobre mi hombro. Dormías. Te cogí entre mis brazos y te llevé a la cama. Tus bellos ojos se abrieron.



jueves, 6 de marzo de 2014

Como practicar el sexo anal y no morir en el intento


Es el sexo en el que la mayoría piensa, pero nadie habla de él. Much@s quieren hacerlo, pero no saben cómo o no se atreven a pedírselo a sus parejas. Eso de pedir dar, o que te den "por detrás" la mayoría de las veces está mal visto, claro. Aunque cada vez nos animamos más a hablar del tema, para algun@s no deja de ser algo complicado tanto dentro como fuera de la cama. Para much@s es, incluso, un tema tabú del que nos cuesta hablar hasta con amig@s. El pudor se impone con la fuerza de lo prohibido, lo sucio, lo feo.

Aunque el sexo anal está catalogado, aún hoy en pleno sigo XXI, como una práctica contra natura por la Iglesia Católica e importantes sectores conservadores, esta calificación de antinatural es aplicable, según esas ideologías, a todo acto sexual que no conduce a la reproducción, que es el único fin considerado natural. ¡¡Cuántas prácticas sexuales gratificantes, placenteras y sanas nos perderíamos, entonces!! Dentro de esa negación explícita del placer, el ano es, probablemente, la parte del cuerpo considerada tabú por excelencia. Hoy en día la idea de que el sexo anal es una perversión, todavía existe.

No se trata de reivindicar el sexo anal, sino simplemente de liberarlo. Si lo que se busca es placer, el ano es una fuente riquísima de satisfacción sexual, absolutamente natural, tanto para penetrarlo como para jugar con él, como una práctica más que complemente otros actos placenteros.

Ahora y por suerte, se ha convertido en una práctica cada vez más frecuente. Pero... ¿A cuánt@s de vosotr@s una pareja le pidió tener sexo por detrás? Seguramente a much@s. ¿Y cuánt@s accedimos? Con certeza, bastante poc@s.

A ellas les da miedo porque creen que les va a producir mucho dolor, ellos lo asocian con homosexualidad, incluso algunos hombres temen probarlo porque creen que si les gusta eso significa que lo son. Ninguno de estos temores es real. Si se dilata y lubrica bien el ano no tiene por qué producir dolor y obviamente la identidad sexual no se modifica por disfrutar del sexo anal. Así que quítate el miedo a practicarlo!!

Y sin más dilación, que no "dilatación", vamos a dar unos consejo básicos para realizar dicha tarea.

Algo muy, pero que muy importante en esta práctica es la higiene. Las personas que tengan hemorroides, fisuras en el recto o cualquier otra patología anal deberían evitar la penetración hasta superar el problema. Otra cosa que hay que tener en cuenta es el uso del preservativo en todos los casos en que haya penetración, como precaución, ante la posibilidad de transmisión de enfermedades y también como protección higiénica. NUNCA se debe hacer una penetración vaginal después, sin haber cambiado el condón o lavar bien el pene porque se pueden transmitir bacterias. Se necesita más higiene con el sexo anal, ya que hay mucho pudor con el tema y es una zona bastante delicada, por eso se recomienda hacerse una ducha anal o un enema para limpiar el intestino antes de llevar a cabo la penetración, a ser posible. El sexo anal es un factor de riesgo para contraer las Enfermedades de Transmisión Sexual (ETS). El Virus de la Inmunodeficiencia Humana VIH, virus que causa el SIDA se transmite con frecuencia a través del sexo por penetración anal. Por eso, si decides tener sexo anal, hazlo SIEMPRE con un condón de latex para reducir el riesgo de contraer VIH y otras ETS.

Otra cosa muy importante a tener en cuenta es la lubricación. Personalmente creo que es muy necesario, porque facilita mucho la penetración. Además, existe una gran variedad: calientes, saborizados, relajantes, estimulantes, a base de agua o silicona. Esta última es la mejor opción, porque tiene un efecto más duradero, pero cuando no se tiene algún producto a la mano, el mejor lubricante es la saliva. No uses nunca los que están hechos a base de aceite, como el aceite para niños, podría estropear el condón.

Sin prisas pero sin pausa.

Lo primero que hay que tener en cuenta es estar relajad@, y yo diría que bastante excitad@: la tensión es el peor enemigo del sexo anal. Cuanto más excitados estéis los dos, más aumentará la libido y mayores serán las ganas de intentar nuevas experiencias y probar nuevos caminos. Haced lo que sabéis que os gusta primero para “poneros a punto” para que así te sientas preparad@.

Las caricias preliminares destinadas a la excitación de la zona anal siempre deben tener como objetivo relajar y dilatar los esfínteres externo e interno, así que este puede ser un buen comienzo para preparar la zona.

Estos músculos tienen una elasticidad que les permitan dilatarse naturalmente, aunque obviamente no tanto como los de una vagina. Por ello, la penetración anal debe ser practicada con sumo cuidado, para evitar la propensión existente a los desgarros y fisuras anales. No pretenderás llegar y meterla de golpe, ¿verdad? Esto no es como en las pelis porno!!

Aunque cueste creerlo, no es necesario que nos introduzcan algo para que podamos vivir sensaciones increíbles: con besos y caricias puede ser suficiente para gozar de manera plena. Pero si quieres llegar más allá, se puede empezar jugando con un dedo convenientemente lubricado eso sí, e ir introduciéndolo poco a poco. Al mismo tiempo, y en el caso de las chicas, pídele que te acaricie el clítoris… O anímate a acariciarlo tú misma, ¿por qué no? Usualmente la persona penetrada complementa el coito anal con la masturbación, lo que contribuye a una multiplicación del placer y a relajar la musculatura, con la consecuente facilitación y mejoramiento de la penetración. Lamer sus pechos, la vagina o besar todo su cuerpo, mientras tenemos el dedo en su ano será más estimulante. Poco a poco se generará confianza. Llegados al punto que sabes que te gusta y estás activ@ para este juego, estaremos a un paso de la penetración anal.

Recuerda que hay que tomarse su tiempo y ser paciente para que nuestra pareja quiera realizar este tipo de práctica.

Cuando los dos se sientan preparados, es el momento de pasar a la siguiente fase. El esfínter no siempre cuenta con la flexibilidad suficiente para la penetración, pero se puede ir adquiriendo. No obstante, el criterio debe ser siempre el malestar y el dolor. Cuando el malestar excede al placer, no hay que esperar a que el dolor sea intenso, es hora de parar. Es un mito que siempre duela. El dolor es sólo la indicación de que el ano no está bien relajado y abierto y es un mensaje del propio cuerpo que está pidiendo más tiempo o más suavidad. Además, cuando ya le hayas cogido el punto a la cosa, puede resultar útil el empleo de un dilatador anal o consolador, generalmente de forma cónica, aunque puede haber otras variantes como las bolas anales que son unas bolitas unidas que cada vez tienen un tamaño más grande. El principio es el mismo: jugar con el ano para que éste se acostumbre a tener algo dentro y se relaje. Llegados a este punto, no hay que volver a recordar que todo esto se tiene que hacer con mucha suavidad, ¿no?

En cuanto a las posturas más adecuadas, pues depende de cada un@. Puedes probar a relajarte y tumbarte boca abajo. Tu chico poco a poco podrá penetrarte por detrás. Si ves que no te encuentras cómod@ con esta postura prueba a apoyarte en tus rodillas o a levantar la cadera para que pueda penetrarte con más facilidad, lo que es la postura del perrito de toda la vida, vamos. Es la posición básica para el sexo anal. A los hombres les excita mucho ya que tienen una visión privilegiada y las manos libres para acariciarte los senos o estimular el clítoris.

Mismamente puedes quedarte tumbad@ boca abajo y abrir un poco las piernas para que puedan estimular tu ano. O puede que la posición de la cuchara te resulte más cómoda. La mujer (o el hombre) debe recostarse de lado dándole la espalda a la pareja, de esta forma la penetración es suave y paulatina, para hacerlo más sencillo puedes levantar tu pie y colocarlo en el muslo de tu pareja. La postura de la Cabalgata, es otra opción en donde te sientas sobre él para que éste te penetre lentamente, puede ser de frente o de espaldas. Esta posición, resulta muy cómoda ya que eres tu quien controla los movimientos. No sé, es cuestión de probar cada cual.

Estas son solo unas nociones básicas para cuando quieran "adentrarse" más en materia. Y recuerden, lo importante es que lo hagas en pareja, siendo respetad@ en tus deseos y en tus límites: cualquier práctica sexual sólo es recomendable cuando el consentimiento es mutuo, así como el gozo. Hay muchas formas de dar y recibir placer sexual, buscar la sintonía siempre ofrece muchas más garantías. No tienen que sentirse obligad@s a probar algo que no les gusta sólo porque el otro lo desea. Así que, si crees que no te puede gustar, simplemente di "no gracias"!!

(Tema obtenido en la página de facebook: Por el derecho a un orgasmo diario - Recomendada)