Me di cuenta
de que me miraban de una forma distinta. Claro que a los dieciocho años, yo no
podía ser la excepción. Modestamente, llamo la atención, aún sin proponérmelo.
Más aún
cuando me lo propongo. El caso es que me gustaba esta situación. Me las
ingeniaban para sentarme casi frente a él y bastaba un cruce de piernas para que
sus ojos me exploraran todo. Brillantes, lujuriosos. Nadie se daba cuenta salvo
yo. Y nunca dije nada, para no tener
problemas.
Casi como un
juego, comencé a buscar su proximidad, procuraba estar aparte con él,
conversaba de todos los temas... Yo sabía que me veía a mí. Y eso me encantaba.
Conforme iba
pasando el tiempo y la intimidad entre nosotros crecía. Escotes, faldas cortas.
me ponía faldas que me llegaban a los muslos. Lo tenía pendiente de mi cuerpo.
Le iba a fascinar. Sé que le llamaba
mucho la atención.
- ¡Hola! –
saludó cuando abrí la puerta, dándome un beso en la mejilla. Pero me rozó los
pechos ligeramente.
- ¡Que
sorpresa! - Sabía disimular muy bien... Parecía haber estudiado la táctica. Me
divertía el juego.
Estando con
tanta gente mantuve las rodillas juntas por algún tiempo. La mirada fija entre
mis piernas. Fingí acomodarme y las abrí más aún. Ya debía poder ver los
pelitos de mi conchita. Estaba inquieto. Le di un espectáculo que sería
inolvidable.
Las tetas,
la concha, no se perdió un detalle. Me causaba gracia ver como trataba de
disimular el bulto en su pantalón al levantarse...
Yo estaba
realmente divertida, Y algo excitada, debo reconocerlo. Pasé a ser yo la que se
babeaba mirándolo.
Nuestra
relación se fue haciendo más íntima y desinhibida. Tácitamente parecían
entender que la cosa quedaba entre los dos, y evitaba todo comentario o
situación que pudiera comprometer nuestro secreto.
Eso era
evidente. Delante de la gente, los diálogos eran convencionales, normales, pero
cuando estábamos solos la cosa cambiaba, los temas se fueron haciendo más
comprometidos, el juego de miradas era explícitamente erótico y no ocultábamos
la atracción que el sentía por mí ni la que yo experimentaba por él.
En una
ocasión me dijo
- ¿Algún
día, te podrías apiadar de mí y dejarme ver más tus piernas? - su mirada pícara
era toda una invitación.
No pude
resistir la tentación de jugar con sus sentidos.
- Claro, yo
caliento el agua, y después las demás chicas se toman el té… - procuré ponerle
a mi sonrisa toda una carga de insinuación.
- Bueno, ¿y
si te lo tomas tú?, mejor… - no dije, y
me dio miedo que se insinuara tan abiertamente.
Era la primera
vez. Ya no se trataba sólo de miradas… Traté de conversar con mis amigas, pero
no podía concentrarme. Él además de
mirarme, quería cogerme. Eso me tuvo agitada todo el resto de la tarde.
Sentía la
conchita húmeda y las mejillas ruborizadas. ¡Qué sensación! Esa noche, en la
cama la lujuria me desbordaba.
Pero porque
él se había insinuado mucho, no podía quitármelo de la cabeza. Imaginaba que me
cogía.
¡Por favor! Tuve
dos orgasmos seguidos.
Al día
siguiente, lo miraba ir y venir y mi sangre se revolucionaba.
- No te
pongas celosa, eso nunca va a pasar
Y él me
dijo...
- ¿Te
gustaría salir el martes? – me propuso. Ya lo tenía donde yo quería.
El lunes
estaba como loca. Definitivamente, se iba a morir… En algún momento, reparé en
que, decididamente, estaba pensando en desnudarme delante de él. Esa certeza me
excitó totalmente. Separé las piernas y me acaricié el pubis, que estaba
empapado. El olor de mi flujo fue el detonante. Me masturbé deliciosamente
hasta que sobrevino un orgasmo estremecedor.
El martes
por la mañana, Tenía que encontrarme a las nueve con él, de modo que me preparé
y salí después de desayunar,
- ¿Lista
para disfrutar? – Me pregunto
- Totalmente
– respondí.
¡Cómo me
gustaba sentirme deseada de esa manera!
Quería excitarlo
un poco más. Era un pequeño paraíso.
- ¿Nos vamos
a quedar aquí? – pregunté,
- ¿Te gusta
este lugar? – Podemos nadar y tomar sol…
Me miraba
con picardía. Sabía que me gustaba que me mirara. Me volví hacia él, sonriendo.
- ¿No
estarás pensando que me voy a desnudar? – quería ver su reacción.
- Me parece
que tú tienes muchas ganas de verme desnuda… - sonreí, levantando los brazos. Mi
conchita ya se humedecía.
Sentí su
aliento tibio sobre mi cuello y su mano acariciar mi espalda. Mis pezones se
endurecieron, marcándose sobre la fina tela. Separé mis pies, sintiendo la
brisa de la mañana acariciar mis partes más íntimas.
- ¿Y que harás?
- Pregunte
- lo que tú
quieras - respondió
- ¿Lo que yo
quiera? – pregunté, insinuante, mi boca entreabierta cerca de la de él, era una
tentación que él no pudo resistir. Me besó profundamente, jugando con su
lengua. Me sentí penetrada y me descontrolé.
Basta de
juegos. Quería que me cogiera en ese momento. Solo los dos. La mano de él se
deslizó por debajo de la falda y me acariciaba la conchita. Sabiamente, separaba
los labios vaginales y jugaba con el clítoris, provocándome un sin fin de
sensaciones, cada cual más placentera. Noté que introducía un dedo y abrí más
las piernas para darle lugar, mientras su boca había abandonado mi boca y
chupaba mis pezones erectos por encima de la blusa.
Ni una
palabra. Todo estaba sobreentendido. Desde hacía algún tiempo, los dos sabíamos
que terminaríamos cogiendo. La voz de él sonaba ronca mientras descendía con su
lengua por mi vientre hasta llegar al pubis.
Acaricié sus
cabellos, guiando su boca hasta donde él y yo queríamos que llegara. Sentí su
lengua recorrer todo mi sexo y penetrar en mí, mientras con sus manos hacía
estragos con mis pezones.
Me llegó el
primer orgasmo. Intenso e inesperado. Grité mi placer en la soleada mañana. Se
colocaba detrás de mí, sus manos acariciaban con violencia mis tetas mientras
una de las mías buscaba su verga.
- Mmmm…
pensé y mi conchita se contrajo en un nuevo orgasmo.
El levantó
su cara, empapada por mis jugos. Irguiéndose, me besó salvajemente en la boca y
pude percibir el gusto de mi propio flujo. Agradable. También era interesante.
Sentí que me volvía loca con él.
- Me quieres
coger… - murmuré –
El adivinaba
mis pensamientos y ya no tenía secretos con él.
- Sííí… - me
entregué - quiero que me cojas toda, quiero
sentirte dentro mío… - estaba desbocada, él se quitó los pantalones quedando
desnudo, y él comenzó a frotar su verga contra mi conchita, entre mis piernas
abiertas, volviéndome loca hasta casi perder el conocimiento.
Nunca me
había sentido de esa forma. Tan caliente. Esa es la definición perfecta. La
sangre corría desaforadamente por mis venas, mi corazón golpeaba en el pecho,
el sudor en mi piel. Todo era un fuego. Mi espalda contra la pared amasaba mis
tetas sin piedad, causándome una mezcla morbosa de dolor y placer, y mordía mis
hombros y mi cuello. La verga de él, frotándose contra mi concha hasta quedar
totalmente empapada por mi flujo; levantó mis piernas, dejándome suspendida en
el aire, sostenida únicamente por sus brazos.
- Siénteme –
me dijo y me preparé para que me penetrara. En cambio, bajo y fue su cara la
que se abrió camino entre mis piernas totalmente abiertas hasta la entrada de
mi vagina. Noté la presión de su lengua adueñarse de mis sentidos. Centímetro a
centímetro me pasó su lengua entre mis gritos de placer y mares de flujo que
salían de mi vagina.
- ¡Ay qué
tremenda lengua¡ – me escuché a mí misma decir entre la lujuria – ¡Me vuelves
loca, me vas a dejar sin conchita!
- ¡Gózalo, sé
que te gusta! – Se retiró dejándome con ganas de más,
- No seas
golosa… - Los dedos de él acariciaban mi conchita, humedecida
-
Tranquila…. - adivinando mi temor, comenzó a dar más ritmo a su bombeo dentro
de mí, sobándome y chupándome las tetas, de modo que mi atención volvió a
concentrarse en él y disfrutar de las caricias.
Otro orgasmo
me hizo olvidar totalmente mis temores. Sabiamente, como un experto comenzó de
nuevo las caricias. Sentí un calor que me invadía, no paraba de chupar mis tetas.
- ¡Acabaste
como cuatro veces ya! - estaba maravillado de cómo gozaba yo con él.
Grité,
totalmente zafada – hazlo otra vez
- Despacio,
disfrútalo – con voz calma me hizo enervar aún más, me desaté totalmente. Si
con todo aquello me sentía en la gloria. Comencé a agitar mis caderas,
sintiendo el roce de los dedos.
- ¡Ya está!
- Los sentía vibrar dentro de mí, experimentando múltiples orgasmos. Durante un
tiempo más me abrazaba y besaba tiernamente, mientras sus manos acariciaban mi
cuerpo. Me sentía maravillosamente mimada y suspiraba enternecida por las
atenciones de él. Se retiró de mí.
- saciada y
feliz. Mmmm… – susurré, cerrando los ojos, sintiendo el sol que acariciaba mi
cuerpo desnudo.
- ¡Hace
tiempo que te tenía ganas! – sonreía él, relajado a mi lado, pero no sabía cómo
empezar… y me volvió acariciar. Me chupaba las tetas y mi conchita estaba
nuevamente empapada, y él Estuvo jugando con mi conchita por un rato hasta que
se paró.
- ¡No te
quejes que te gusta, viciosa! – la sonrisa burlona de él me terminó de
desquiciar. Lo mordí con todas mis fuerzas hasta casi sangrarlo y apreté mis
piernas alrededor de su cabeza mientras, experimentaba el orgasmo más profundo
que recuerdo.
Como si
fuera un detonador, y el reía mientras recuperaba el aliento,
– ¡Es más
peligroso cogerte a ti que ir a la guerra! – me miraba con picardía.
Había
despertado en mí una fiera. Nunca me había sucedido. Y nunca me había sentido
tan bien.
Esto marcó el
estilo de nuestra relación, cada vez que nos veíamos parecía una batalla. Era
una cariñosa violencia que me tenía atrapada.
Volvía a
casa feliz y satisfecha. En lo que cabe...



























