La noche era
estrellada, el viento jugaba con mis cabellos, en mi rostro sentía la suave y
dulce brisa marina como la caricia de un amante entregado.
El
descapotable desafiaba las curvas de la carretera, deslizándose como la lava de
un volcán hacia el mar. El fular que rodeaba mi cuello batía al viento. Mi
feliz y alocada risa se confundía con los ruidos del viento y de las olas del
mar, me sabía atractiva, bella, admirada, deseada.
La presencia
de Alberto, me excitaba, sus grandes ojos verdes, su pelo con algunas canas, un
poco largo por el cogote acentuaban aún más su aspecto de galán atractivo, Sus
cabellos ondulados me incitaban a acariciarlos, me encantaba meter mis dedos
entre ellos, mesar sus ondas y juguetear. Sus piernas eran fuertes y largas al
mismo tiempo que musculosas. Sus manos huesudas sus dedos largos y finos, de
uñas bien cuidadas, parecían hechas para la caricia, eran cálidas, suaves, de
piel tersa, se diría que eran hábiles para las artes amatorias.
Al otro lado
de la carretera había un bosque lleno de árboles milenarios donde las familias
iban a pasar los días festivales. El
paisaje muy incitante con la luna reflejándose en el mar, parecía invitar al
amor y la fantasía.
Para
contemplarlo mejor, nos detuvimos a un lado de la carretera, desde allí,
podíamos ver el acantilado. Las luces de un caserío y de algunas pequeñas aldeas,
se divisaban al fondo, se diría que eran como las pequeñas lucecitas de unas
casitas de muñecas.
Bajamos del
coche, para poder contemplar mejor aquel paisaje.
El panorama
que se contemplaba era alucinante. Alberto se me acercó muy atrevidamente tomo
mi rostro con una de sus manos, entonces clavando sus ojos en los míos, paso su
dedo índice por los perfiles de mis labios y dibujándolos. Mimosamente los beso
con mucha dulzura, provocándome un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo
poniendo en alerta toda mi voluptuosidad. Mi corazón trotaba más que latía.
Todo empezó a despertarse en mi sensualidad
Me sentía
deseada, me encantaba el juego, el coqueteo, volverle loco de deseo y saque mi
lengua húmeda, de una manera muy insinuante, ¡me gustaba sacarle de quicio!,
hacía como que quería morder su dedo, este gesto coqueto le provocaba, era lo
que en realidad yo quería, volverle loco de lujuria y pasión.
Me sentía...
excitaba... una sensación de placer me invadía...
Note como su
bragueta se abultaba. Había conseguido traerlo a mi terreno, excitándole,
disfrutaba con el juego. Su respiración era muy agitada y a veces entrecortada.
Le gustaba jugar con mi boca, con mis besos, mi lengua mojada lamía toda su
cara . Besaba sus ojos, mordía sus mejillas, su barbilla, me sentía totalmente
embriagada de placer.
Sentía el
aroma de su piel. La suavidad de sus manos, la delicadeza de sus caricias. Todo
esto producía un elixir muy extraño que me transportaba a un mundo casi irreal.
Me llevo
hacia el asiento trasero del coche, lo abatió, nos instalamos y comenzó a
acariciarme, primero abrió mi blusa y comenzó a chupar mis pechos, lamiéndolos,
sus dedos pellizcaban mis pezones, los acariciaba, jugaba metiendo sus dedos
por debajo del sujetador, creí morir de excitación, quitó mi blusa y se inclinó
a besarlos y mordisquearlos, estaban duros, excitados. Abrí su camisa y pasé a
tomar parte en el ritual del sexo, fuerte y lascivo, mi lengua húmeda mojaba
todo su torso. Jugaba con sus vellos, tiraba de ellos provocándole a veces un
ligero dolor mezclado con placer.
Me gustaba.
Le sentía entregado a mis caricias y notaba que su miembro cada vez estaba más
duro y su calor se advertía a través de su pantalón. Su camisa abierta delataba
su respiración agitada. El juego en el que estábamos inmersos era cada vez más
caliente, el deseo al gozo se hizo dueño de la situación, sudábamos. Nuestros
cuerpos estaban salados, calientes. Los cabellos despeinados, mojados. Se diría
que estábamos embriagados con los efluvios que emanaban nuestros cuerpos,
llenos de pasión, las caricias llenas de lujuria nos sacaban de la realidad. La
pasión latente anulaba nuestras voluntades.
Al sentir el
calor de sus manos suaves como me acariciaba entre mis piernas, mi vagina se
abría, se llenaba de humedad, esperando el calor de su miembro eréctil,
necesitaba sentirle cerca y excitado para apagar la fogosidad que invadía todo
mi ser. Buscaba su pene, lo tocaba, lo lamía de una forma glotona como si se
tratara de una deliciosa golosina.
Yo llevaba
una minúscula minifalda, tableada, que al estar sentada dejaba ver muy
espléndidamente, mis piernas bronceadas. Alberto, aprovechó lo minúsculo de la
falda que le daba facilidad para poder deslizar sus manos, llegó al comienzo de
mi tesoro y con uno de sus dedos retiró parte de la braguita, metiendo su dedo
dentro apreció que estaba muy mojada me miró y como con un susurro me dijo:
- estas muy
mojada ¡me gusta! - y deslizó su dedo pulgar hacia el clítoris acariciándolo
muy suavemente produciéndome un placer que me hizo abrazarme a él para poder
controlar los movimientos casi convulsivos, Alberto al verme gozar de esas
formas, no pudo controlar su impulso y me sentó encima de sus rodillas y metió
su miembro eréctil dentro de mi pequeña cueva . Su orgasmo fue muy fuerte y
profundo. Buscaba mi boca para beber en los labios que habían sido los
inductores a esta pasión que aún dejaban rastro del gozo disfrutado.
Su respiración
era de nuevo diferente, de pronto metió su mano por debajo de mi blusa y me
arrancó el sostén, jugaba con mis pechos, pellizcando muy suavemente mis
pezones acercó su boca y los lamió, le gustaba morderlos delicadamente, mi olor
a mujer excitada, era como una embriaguez que le anulaba otro pensamiento que
no fuera el gozar de nuevo, todo ese juego me colocaba fuera de control.
Aunque no
hacía ni media hora que habíamos gozado salvajemente, deje mi mano colocada
encima de su bragueta. Alberto reaccionó de nuevo y volví a sentir el calor de
su miembro y su dureza.
La
excitación nos empujaba a la lujuria de nuevo. Sus labios buscaban los míos
como poseído por un solo pensamiento, el lívido estaba al máximo.
Cuando el
noto mi mano sobre su bragueta se removió en su asiento y alargando su mano la
deslizó por debajo de mi minúscula falda.
Volví a
acariciarle por encima de su pantalón. Abrió la cremallera del mismo y cogiendo
mi mano la puso encima de su pene, con pasión me incline y la metí en mi boca,
la chupaba, la lamía estaba muy caliente. Abrió la puerta del coche, salió de él.
Bajó sus pantalones, me quito las bragas, sentándome encima de él metió su verga
en mi pequeña cueva que de nuevo estaba caliente y mojada, empezamos a movernos
a bombear para que el placer fuera pleno, lo sentía tan dentro que, casi me
hacía daño, pero era un placer inmenso, yo notaba como su semen salía y lo
derramaba dentro de mi vagina, sintiendo el orgasmo al mismo tiempo. Mis
rodillas apoyadas en su asiento me ayudaban para poder mover mejor mis caderas,
y de ese modo poder dar más movimiento a su pene que yo apretaba con los
músculos de mi vagina. Alberto estaba enloquecido, era como si su pasión le
produjera frenesí, movía su cintura, sus movimientos eran acompasados, suaves,
al unísono, hasta que sentimos que nuestros líquidos se mezclaban.
Fundidos los
dos en un mismo placer alcanzamos un orgasmo pleno, donde nuestros cuerpos
habían disfrutado al máximo de la voluptuosidad de dos seres apasionados
dejados llevar por el rumor del viento mezclado con la espuma del mar.
Nuestras
miradas se encontraron y se hablaron sin palabras durante algunos segundos nos
unimos en un apasionado beso.
Corregimos
algo nuestros aspectos y nos vestimos, pusimos de nuevo los asientos en su
forma correcta y nos deslizamos carretera abajo para incorporarnos a la
civilización. Pero los dos éramos conscientes de que algo nuestro había quedado
impregnado en ese lugar, donde la noche la luna y el mar fueron cómplices de la
pasión y voluptuosidad de una noche sobre el acantilado.

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