sábado, 10 de mayo de 2014

Recuerdos...




Allí estaba ella, sentada en un banco del parque, rodeada de gente pero sintiéndose cada vez más sola. Pensaba en él, como siempre nunca dejaba de hacerlo. Pensaba en los días pasados y felices juntos. En los paseos, las risas, los besos, las caricias…

–¡Calla de una vez, estúpido cerebro! Se decía para ella misma –Deja de pensar en él ya de una vez. ¡Ya se acabó todo! ¡Hay más vida, más hombres, más mundo!

Pero como siempre, su cabeza no le hacía caso e iba por su cuenta, no aceptando ningún tipo de órdenes que tuvieran que ver con la razón. Esta vez le dio por recordar aquel día en que al llegar a la estación y al verlo a lo lejos allí esperándola después de tanto tiempo sin verse, lo encontró más guapo que nunca. O al menos a ella, eso le parecía. Había bajado del tren decidida y a la vez emocionada por el reencuentro. Al verlo cada vez más cerca empezó a ponerse nerviosa y eso que durante el largo viaje estuvo aparentemente tranquila. Él la esperaba con su inmensa sonrisa, esa tan suya, inolvidable y tierna tal como la recordaba, con la que solía perderse durante horas embobada mirando sus fotos, sin pensar en nada más. Al llegar casi a la altura de donde se encontraba soltó su pequeña maleta y de un salto se abalanzó sobre él, colgándole sus brazos al cuello y abrazándolo con las piernas en su cintura. No pudieron evitar soltar un par de lágrimas, eran ya demasiados meses sin verse y estaban impacientes y emocionados. Se besaron como si no hubiese mañana, sus bocas se amoldaron perfectamente la una a la otra en un beso sin fin.

–Que ganas tenía ya de verte preciosa. ¡Estás guapísima!
–Yo también te echaba de menos, cariño.
–¡Vamos a tomar unas cañas! Al mismo tiempo, ella hacía una mueca de sonrisa de medio lado al recordarlo.

Aunque seguía con la música de su Ipod a todo volumen, la voz de sus pensamientos se imponía a las notas de Pink Floyd y seguía metida en su ensoñación de aquel fin de semana ya tan lejano. De aquella tarde de risas, cervezas, besos y pinchos de tortilla de patata a más no poder. Cuando ya estaba anocheciendo y los dos con un buen puntazo, después de una caña tras otra mientras se contaban sus batallitas, decidieron poner punto y final a su juerga entre bares y continuar comiéndose a besos y metiéndose mano de camino al hotel. Entre otras cosas porque estaban poniéndose muy calientes y la gente empezaba a mirarles con cara de: “¿Por qué no se irán a su casa o a una habitación por horas?” Caminaban por la calle abrazados, él la cogía por la cintura y ella le pasaba los brazos alrededor de su abdomen. Recuerda que era difícil caminar así, no solo por la postura y por los besos que se daban que les obligaban a cerrar los ojos para hacerlo con pasión, sino por la medio borrachera que llevaban que les dificultaba el camino, haciéndoles tropezar más de una vez. Pero a ellos lo que les importaba era que estaban juntos de nuevo de camino a su habitación de hotel y estaban llenos de deseo. Deseo y lujuria retenida durante meses. Pidieron su llave en recepción y ya en el ascensor que les llevaba a la 5a planta, ella no pudo esperar más y empezó a desabrocharle la cremallera del pantalón y a meter su mano por su más que abultado, caliente y duro paquete, mientras los besos ya se habían convertidos en lametones y mordiscos. Y él, ya le había sacado uno de sus pechos y estaba jugando con su lengua pasándola por su pezón erecto y duro como las piedras, por su más que evidente excitación. Casi llegan desnudos a la habitación, ya que por el camino del corto pasillo él ya se había quitado la camisa y ella con la suya totalmente desabrochada y exhibiendo su sujetador de encaje negro (comprado a juego con su tanga, para la ocasión) la llevaba en volandas anudando sus piernas a su espalda y la falda por la cintura dejando ver todo su trasero que él apretaba con todas sus ganas, mientras sus bocas lascivas no paraban de jugar. Él abrió la puerta como pudo y la tumbó sobre la cama quitándole la falda de un tirón. Abriéndole sus muslos y apartándole el tanga a un lado, bajó hacia su sexo chorreante a deleitarse, saboreándolo. Mientras introducía un par de dedos al ritmo de su frenética lengua, con la otra mano amasaba sus senos y retorcía suavemente sus pezones. Esto a ella la hacía retorcerse de placer y empujaba cada vez más su cabeza contra su sexo para aumentarlo. Inmediatamente sus músculos se tensaron, su espalda se arqueó y soltando un quejido tremendo, explotó en un orgasmo intenso seguido de temblores que recorrían todo su cuerpo como hacía tiempo que no recordaba. Él la besó compartiendo con ella todo su sabor y sin darle tregua ni descanso, la giró rápidamente poniéndola de espaldas con los brazos apoyados en la cama. Quitándose sus calzoncillos que aún los llevaba puestos y antes de que le reventaran, la penetró del tirón fuertemente. Ella estaba totalmente preparada para recibirle ya que estaba totalmente empapada, notando como la tenía dura como una roca. La agarraba por las nalgas embistiéndola cada vez más rápido y con más fuerza, emitiendo gemidos sordos y ahogados a la vez que pronunciaba: Oh si, niña… Me encanta follarte… Voy a correrme dentro de ti, ¿lo sabes? ¡No puedo más! Ella apretó su sexo rápidamente lo más que pudo, para que él lo sintiera con más placer y notó como su pene bombeaba con fuerza y a presión todo su semen. Acto seguido ella empezó a notar esas deliciosas contracciones que le indicaban que su segundo orgasmo ya estaba aquí. Exhaustos y sudorosos se desplomaron sobre la cama, mientras se abrazaron descansando y se volvieron a besar, recuperando fuerzas para prepararse a pasar el resto del fin de semana de sexo que les quedaba por delante…

Ahora ella sentada en el banco del parque con la mirada perdida en el infinito se estaba dando cuenta mientras salía de su trance, que había mojado sus bragas. Estaba muy excitada e iba a tener que marcharse a casa, a remediar inmediatamente esa situación…




No hay comentarios:

Publicar un comentario